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Antes de que existieran las películas de terror, México ya tenía historias capaces de quitarle el sueño a cualquiera.

Jose Guadalupe Posada Taller

Octubre es el mes de las casas embrujadas, las celebraciones del Día de Muertos, los gatos negros y las películas de horror. Pero antes de que llegara Frankenstein, Nosferatu y el Dr. Jekyll al cine mexicano, los amantes del terror se reunían por las noches alrededor de una fogata para contar historias espeluznantes con el propósito de asustar a sus amigos y familiares. Curiosamente, las historias que más miedo daban no eran las de fantasmas, sino las leyendas que salían de hechos de la vida real. En el México de finales del siglo XIX y principios del XX había un cronista extraordinario de esa parte oscura de la vida cotidiana: José Guadalupe Posada.

Posada trabajó durante décadas para impresores populares como Antonio Vanegas Arroyo, cuyo taller produjo hojas volantes, corridos, noticias, relatos religiosos y textos de noticias y sucesos que circulaban por calles, plazas, mercados y ferias. Eran publicaciones baratas, destinadas a un público enorme, y la imagen tenía una función fundamental: permitía seguir una historia a un público que en gran parte no sabía leer. La investigación sobre este material ha mostrado que las noticias criminales se presentaban con nombres, lugares y fechas concretas. En ocasiones incorporaban elementos moralizantes o claramente novelescos, lo cuál hacía que estas historias se convirtieran en leyendas virales que perduraban por años, décadas y más. Aquí reunimos cinco de las historias criminales más inquietantes que fueron ilustradas por Posada.

5. Las Derramas de Sangre: la riña de los albañiles

construction workers fight

En los andamios de una capital en plena modernización porfiriana, el alcohol barato y las jornadas agotadoras eran la combinación perfecta para la tragedia. Benigno Castañeda y Severiano Montiel, dos albañiles, conocidos en los barrios pobres por su rivalidad constante, compartían faena en las alturas de un edificio en construcción.

El patrón le había pedido a Severiano que le llevara la raya a su compañero cuando subiera a lo alto del andamio. Pero al llegar, Severiano no se la dió y Benigno habiendo visto desde las alturas que el patrón le había dado 2 sobres con dinero, se lo reclamó. Un cruce de palabras desató al demonio. Sobre un frágil andamio de madera, la discusión escaló a punta de herramientas de trabajo. Severiano tomó una navaja. En el forcejeo, la cubeta de mezcla se vino abajo llenando el aire de cal molida. De pronto Benigno sintió el metal de la navaja abrirle una herida en la garganta, provocando una caída mortal hacia el vacío que dejó un rastro imborrable en la calle adoquinada.

El suceso congeló a los transeúntes del centro histórico. La imagen publicada por el taller impuso pánico sobre la peligrosidad del mundo obrero. Hoy en día, este grabado nos recuerda que la sangre de la clase trabajadora fue el costo de la modernidad en la era de los grandes palacios capitalinos, .

4. El Robo de la Profesa

robo de la profesa

En febrero de 1891, la calle de Plateros era uno de los lugares más elegantes de la capital. Cerca del templo de la Profesa se encontraban algunos de los comercios de joyería más importantes de la ciudad. Entre ellos estaba el establecimiento de Tomás Hernández Aguirre, propietario de la Joyería “La Profesa”.

La tarde del crimen, cuando estaba a punto de cerrar, Hernández Aguirre recibió a un supuesto cliente que preguntó por un reloj. El hombre entró al establecimiento y poco después aparecieron otros cómplices. Los tres caballeros iban muy bien vestidos por lo que el propietario no sospechó de sus intenciones, pero el tercer hombre cerró la puerta con llave al entrar y el Don Tomás se dio cuenta, lo cuál despertó su sentido de alarma.

Hernández Aguirre, ya en edad avanzada, no era un hombre débil. Intentó defenderse con el revólver que acostumbraba llevar en su cinturón, pero en esta ocasión el arma falló. Los asaltantes, con su ventaja numérica, lograron someterlo a golpes y llevarlo a la trastienda donde lo recostaron a la fuerza en un diván. Mientras uno lo sujetaban amenazandolo con un cuchillo, los otros vaciaban los aparadores de uno en uno. Al terminar de extraer el botín, el jefe de la banda fue por el compañero que cuidaba a Don Tomás y se dio cuenta que su rehén tenía la camisa ensangrentada. Sin piedad, el ladrón le enterró el cuchillo en el pecho pensando que los podría delatar por intento de homicidio. El renombrado joyero terminó muerto y los criminales huyeron con un monto considerable.

Entre los acusados estuvieron Gerardo Nevraumont, Nicolás Treffel, Antonio Sousa, Jesús Bruno Martínez y Aurelio Caballero. La prensa siguió el proceso durante meses. El caso llegó a convertirse en uno de los grandes procesos criminales del México porfiriano, hasta el punto de que Carlos Roumagnac, uno de los primeros investigadores mexicanos que intentaron estudiar el crimen con métodos que pretendían ser científicos, lo utilizó como uno de sus grandes asuntos de estudio criminalístico.

Bruno Martínez fue ejecutado, mientras otros implicados fueron enviados al presidio de San Juan de Ulúa. Gerardo Nevraumont terminó desapareciendo después de arrojarse al mar durante un trabajo que realizaba bajo custodia. La Profesa reveló el miedo que podía producir el crimen en una ciudad que se presentaba a sí misma como moderna, ordenada y segura.

3. El Asesinato de Leandra Martínez por su hermano Manuel

asesinato de leandra martínez

En 1891, el polvo de los caminos de Tacubaya se mezclaba con el olor al pulque agrio de los expendios ubicados a tiro de piedra de la Ciudad de México. Allí vivía Mateo Reyes. un peón piadoso y tímido de un ejido cercano, un hombre sencillo que solo quería pagar una pequeña deuda de leña a su vecina Leandra. Se encontró en el lugar equivocado, en el segundo exacto en que la humanidad de un hombre se quiebra para siempre.

Leandra Martínez había ahorrado centavo tras centavo durante cinco largos años de servidumbre en la capital. Guardaba el fruto de su sudor en un pequeño baúl de madera bajo su cama: apenas algunas monedas de plata, destinadas a comprar un modesto terreno donde pasar sus últimos años. Pero su hermano Manuel era un hombre devorado por las deudas de juego y el alcohol de garrafa, un sujeto de temperamento explosivo a quien la desesperación y el resentimiento le pudrían la cabeza día con día.

Esa tarde de domingo, el sol caía pesado sobre el adobe. Mateo llegó a la choza y encontró la puerta entreabierta. Al asomarse, presenció la discusión infernal. Adentro no había demonios, solo la voz rasposa de Manuel exigiendo el dinero del baúl y los ruegos desesperados de Leandra pidiéndole que no la dejara en la ruina.

Manuel, fuera de sí y cegado por la furia y el alcohol, sujetó a su hermana del hombro con la violencia ciega de un animal. Leandra intentó huir hacia la puerta extendiendo los brazos, pero él desenvainó un cuchillo cebollero. Mateo quiso gritar, quiso abalanzarse para detenerlo, pero el terror puro lo paralizó y fue testigo de cómo la hoja de acero atravesaba la blusa de manta de Leandra, escuchando el espantoso crujido sordo del metal rompiendo huesos y quedando incrustado contra las costillas de la pobre mujer.

Al final solo quedaba el sonido sofocado de Leandra perdiendo el aire, la mirada desencajada de su propio hermano al darse cuenta de lo que acababa de hacer, y el charco rojizo extendiéndose lentamente por el piso de tierra batida. Mateo contó de lo sucedido a las autoridades que cuando llegaron a casa de Manuel para interrogarlo, lo encontraron sin vida, colgado de una de las vigas de madera del techo. Esta historia fue contada por años para intentar disuadir a los hombres viciosos de las apuestas y el alcohol.

2. Los Crímenes del Chalequero, degollador de mujeres. Asesinato de Mucia Gallardo

Asesinato de Mucia Gallardo

Su nombre de pila era Francisco Guerrero Pérez, pero en las cantinas y burdeles del norte de la Ciudad de México solo lo conocían como “El Chalequero”. Le decían así porque con su estatura, fuerza y carácter, imponía su voluntad “a chaleco”, con la fría impunidad de un monstruo de carne y hueso.

Durante años, el cauce del río Consulado fue el paradero de los cadáveres desfigurados de mujeres humildes y trabajadoras sexuales. Y aunque había sospechas de que Guerrero Pérez podría ser el asesino, un terror denso y sofocante actuaba como un escudo invisible para Francisco; nadie hablaba, nadie denunciaba, todos bajaban la mirada cuando lo veían pasar.

Mucia Gallardo conocía de cerca las entrañas de ese infierno. Ella administraba burdeles en la zona y durante mucho tiempo compartió negocios, robos y violencia con el propio Chalequero. Creía que por ser su aliada, su cómplice en la sombra, estaba a salvo de los garras del depredador. Un error que le costó la vida.

Esa noche de niebla espesa, Mucia caminaba con él junto al río. El agua estancada parecía un espejo sediento del reflejo de una luna nueva que cubría los campos con un manto de sombra y oscuridad. Hacía unos instantes, aprovechando la tiniebla, habían robado a una pareja que ignoraba el peligro que era salir de noche a caminar por los rumbos del Chalequero. Mucia exigió a su cómplice su parte de un botín, elevando la voz, con la confianza que le daba un falso sentido de seguridad.

Francisco no gritó; ni siquiera mudó de gesto. Con la frialdad metódica que recordaba a Jack el Destripador de Londres, sujetó a Mucia por el cuello. Ella intentó luchar, arañando desesperadamente al hombre con el que había compartido incontables pecados, pero en los ojos de “El Chalequero” no había rabia: solo un vacío negro y absoluto. En un instante brutalmente seco, la arrastró al fango y con su machete, le cortó el aliento para siempre. La mujer cayó inerte en la yerba húmeda, con el brazo extendido al cielo implorando una piedad que jamás llegó, mientras la silueta del asesino se perdía entre la maleza y la bruma del río.

El cuerpo de Mucia Gallardo desató por fin las lenguas de un pueblo aterrorizado y llevó al depredador tras las rejas. Guerrero fue procesado y condenado a muerte, pero la pena fue conmutada por prisión. Cumplió parte de su condena en San Juan de Ulúa y recuperó la libertad años después. En 1908 volvió a ser detenido por otro asesinato y murió en 1910 mientras se encontraba preso.

1. Los Crímenes de la Bejarano

crimenes de la bejarano

En 1878, la pequeña Casimira Juárez murió tras ser rescatada del infierno que llamaba hogar la mujer que le daba empleo de servicio doméstico. Guadalupe Martínez Bejarano pisó la cárcel por un tiempo, pero un indulto por sus contactos sociales con altos funcionarios la devolvieron a las calles en 1886. El error fatal de la justicia fue creer que la maldad madura con el encierro, cuando en realidad solo se vuelve más hambrienta.

Para abril de 1891, en una casa donde la sombra parecía espesarse al cruzar el umbral, “La Bejarano” tenía bajo su amparo a Crescencia Pineda, una niña de solo doce años, pero las paredes anchas y las cortinas gruesas ahogaban los gemidos y suplicios desesperados. La pequeña Crescencia vivía atrapada en un calvario sistemático de privaciones y castigos despiadados.

Una noche, como castigo por haber dejado que el polvo se acumulara sobre la mesa del comedor y sin un solo rasgo de piedad, la anciana descargó sobre la piel indefensa de la niña quemaduras con fierros al rojo vivo y mutilaciones metódicas. Disfrutando el dolor ajeno con una saña desprovista de cualquier rastro de alma, la “mujer verdugo” infundía un tormento tan brutal que la criatura se desmayó del dolor.

Guadalupe pensando que estaba muerta, convocó a las autoridades con una historia de que la niña había llegado en esas condiciones tras una riña callejera. La señora quiso hacerse pasar por una buena samaritana que trató de darle auxilio a la niña. Declaró a los investigadores que a pesar de sus esfuerzos, no logró salvarla dado a la severidad de las heridas. No contaba con que los médicos al sacarla de la casa le encontrarían signos vitales y la trasladarían al Hospital de San Andrés de emergencia. Con sus últimas fuerzas y el aliento escapándosele por la pleuroneumonía traumática causada por los golpes, Crescencia logró contar la verdad de lo acontecido al comisario Santiago Sánchez antes de cerrar los ojos para siempre.

Bejarano, teniendo los medios económicos para hacerlo, contrató al mejor abogado de la ciudad quien buscaba sembrar dudas en la historia de una niña agonizante, mientras acusaba de prejuicios a una corporación policíaca que parecía haber condenado a su clienta sin pruebas materiales. Fue en esos días y en las frías bartolinas de la prisión de Belén que se dio un careo donde su propio hijo, Aurelio Bejarano, rompió el mandato de sangre para señalarla a la cara, dando fe de las sádicas torturas que su madre propinaba a las niñas que trabajaban en su casa. Las declaraciones de su propio hijo, cansado de tener que solapar el comportamiento diabólico de su madre, fue lo que finalmente envió de vuelta a la sádica mujer tras las rejas.

Contando mil palabras a través de una imagen

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José Guadalupe Posada murió en 1913, pero su obra sobrevivió porque supo registrar algo que los grandes retratos y las pinturas históricas rara vez mostraban: la vida cotidiana de la gente común.

Posada dibujó fiestas, bailes, catástrofes, milagros, tragedias, criminales, enamorados, trabajadores, políticos y muertos. Registró el humor y la violencia, lo absurdo y lo terrible, lo popular y lo cotidiano. Sus imágenes permiten asomarnos a un México que estaba cambiando vertiginosamente y que, al mismo tiempo, seguía enfrentándose a problemas tan humanos como los celos, la codicia, la violencia, el miedo y la injusticia.

Quizá ése sea su mayor legado. José Guadalupe Posada convirtió las pequeñas y grandes tragedias del México de su tiempo en documentos visuales capaces de sobrevivir más de un siglo. Hoy podemos contemplarlos desde un museo, una colección o una exposición de arte, pero alguna vez circularon de mano en mano por las calles, acompañando relatos que el público escuchaba con una mezcla de curiosidad, morbo y espanto.


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