La historia mundial está llena de personajes que abrieron el camino para que otros se llevaran los aplausos. Facebook fue idea de los gemelos Winklevoss y antes de ellos Tom el de MySpace, pero el mundo acredita a Mark Zuckerberg como su inventor. Los hermanos Mac y Dick McDonald crearon el restaurante que lleva su nombre, pero Ray Kroc es a quien todos recuerdan como fundador. Nikola Tesla vio cómo Guglielmo Marconi se coronaba inventor del radio y Thomas Edison copiaba todo lo que podía del inventor serbio-americano. Y hablando de Tesla, cómo no mencionar a Elon Musk, a quien se conoce como creador de PayPal y Tesla, cuando en realidad no fundó ninguna de las dos. Pues bien: a finales del siglo XIX, en la capital mexicana, ocurrió un caso igual de trascendental aunque mucho menos conocido.
Antes de Posada, hubo un Manilla
Cuando pensamos en las calaveras mexicanas, el nombre de José Guadalupe Posada aparece casi automáticamente. Su obra forma parte de los libros de historia, sus imágenes circulan cada Día de Muertos y su célebre Calavera Garbancera, rebautizada popularmente como La Catrina, se ha convertido en una especie de embajadora mundial de la muerte a la mexicana.
Por otro lado, Manuel Manilla (hacia 1830-1895, muerto de tifus en 1895) era un grabador que, como Posada, trabajaba ilustrando impresos de mediados a finales del siglo XIX en México. Sabemos mucho menos de su vida que de su producción artística, pero su trabajo permite reconstruir una parte fundamental de la historia de la gráfica popular mexicana. Sus impresos más antiguos registrados datan de 1873, en la publicación popular La edad feliz.
Manilla trabajó para la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, uno de los editores más importantes del México de finales del siglo XIX. Años antes de que llegara Posada a la Ciudad de México, Manilla ya producía ilustraciones para publicaciones económicas destinadas a un público amplio: hojas volantes, cuentos, cancioneros, corridos y relatos de sucesos extraordinarios. Las imágenes tenían que comunicar rápidamente, captar la atención de los transeúntes y acompañar historias capaces de venderse por unos cuantos centavos.
En ese universo, Manilla encontró en los esqueletos un recurso extraordinario.
La muerte tenía mucho trabajo en el México del siglo XIX
Para entender la importancia de Manilla hay que imaginar el México de aquellos años. La prensa popular mezclaba noticias, sátira, religión, entretenimiento y advertencias morales. En ese mundo, la calavera podía hacer mucho más que recordarnos nuestra mortalidad: servía para burlarse de las costumbres, ridiculizar las pretensiones sociales y representar situaciones humanas sin las limitaciones de dibujar personajes de carne y hueso.
Un esqueleto podía ser un torero, un borracho, un político, un aristócrata o cualquier vecino convencido de que su importancia personal lo mantendría a salvo del destino. La gracia estaba precisamente en eso. Frente a la muerte, todos terminaban convertidos en huesos, y la calavera exhibía esa igualdad universal con humor, ironía y una saludable dosis de irreverencia. Manilla convirtió la muerte en personaje, recurso satírico y protagonista de escenas inspiradas en la sociedad de su tiempo.
Las calaveras no surgieron de la nada: venían de una larga tradición de representaciones de la muerte, prácticas religiosas, literatura satírica y publicaciones populares. La aportación de Manilla consistió en convertir ese repertorio en un lenguaje gráfico accesible, cotidiano y profundamente mexicano.
En el ambiente de las editoriales de esa época, los grabadores no se consideraban como artistas. No hace falta imaginarlo trabajando en un estudio solemne, esperando la inspiración divina. Probablemente tenía encargos que entregar, plazos que cumplir y un editor que necesitaba imágenes para vender. El arte popular también tiene sus fechas de entrega.
Vanegas Arroyo: el hombre que puso a circular las imágenes
En esta historia hay un tercer personaje que merece reconocimiento: Antonio Vanegas Arroyo. Su imprenta fue uno de los grandes motores de la cultura impresa popular mexicana. Bajo su sello circularon textos e imágenes que formaron el imaginario de varias generaciones. En sus talleres colaboraron ilustradores, grabadores y escritores que hoy conocemos de manera desigual, en parte porque las publicaciones solían destacar el nombre del editor y muchas imágenes carecían de firma individual.
Manilla produjo allí cientos de ilustraciones: escenas cotidianas, personajes, animales, toreros, relatos religiosos, situaciones cómicas y, por supuesto, sus esqueletos. Una ilustración impresa en una hoja barata podría tener una circulación muy distinta de la de una pintura destinada a una colección privada. No necesitaba entrar en un palacio para formar parte de la cultura visual del país.
Y aquí aparece una de las claves de la historia: una imagen puede ser decisiva para la historia del arte aunque su creador nunca llegue a ser famoso. Como los ilustradores no eran considerados artistas, establecer quién hizo cada grabado se convirtió en un problema para los investigadores, y una parte del legado de Manilla quedó eclipsada por el de otros artistas vinculados a la misma tradición.
Entra Posada: el hombre que convirtió las calaveras en leyenda
José Guadalupe Posada nació en Aguascalientes en 1852. Llegó a la Ciudad de México en 1888 y se incorporó al mundo editorial en el que Vanegas Arroyo ocupaba un lugar destacado. Sus ilustraciones acompañaron noticias sensacionales, relatos, canciones y sátiras políticas, con un lenguaje visual directo y expresivo y difícil de olvidar. En sus manos, los esqueletos se burlaron de los poderosos y protagonizaron escenas absurdas.
Su obra Esta es de Don Quijote la primera, la sin par, la gigante calavera, conservada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, es un ejemplo de cómo empleó este motivo en composiciones que combinaban referencias culturales, humor y crítica.
Posada tenía una capacidad extraordinaria para crear imágenes memorables. Sus calaveras podían leerse rápidamente, incluso por personas que no tenían acceso a una educación formal. Y aunque el éxito de un artista rara vez depende de una sola causa, Posada terminó convertido en el gran nombre de la gráfica popular mexicana asociada con las calaveras.
¿Fue porque sus imágenes eran mejores? La respuesta no es tan sencilla. La calidad artística importa, pero también cuentan la circulación de las obras, las circunstancias históricas, la conservación de los materiales y la manera en que las generaciones posteriores construyen sus relatos sobre el pasado. Un factor que documenta México Desconocido: Diego Rivera replicó los esqueletos caricaturizados de Posada en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.
La historia del arte no es una competencia con un jurado imparcial que entrega medallas al terminar cada siglo.
¿Quién dibujó la calaca primero?
José Guadalupe Posada se llevó la fama, pero Manuel Manilla ya dibujaba las calaveras que hoy identificamos con el Día de Muertos antes que él. Al menos eso indican los registros y estudios de investigadores reconocidos. Ambos estuvieron vinculados a la imprenta de Vanegas Arroyo, y Manilla colaboraba con el editor antes de la llegada de Posada. El Museo de Arte Moderno de Nueva York señala que el motivo de la calavera probablemente fue introducido por Manilla y que Posada lo popularizó hasta convertirlo en un símbolo nacional.
Pero la respuesta es que no tenemos una fecha definitiva y universalmente aceptada para la primera calavera de Manuel Manilla. La gráfica popular del siglo XIX funcionaba mediante procesos de colaboración, reproducción y adaptación. Algunas imágenes circularon sin identificación clara de sus autores, y ciertas atribuciones siguen siendo objeto de estudio. En agosto de 2026, en el conversatorio ‘Cartografiar a Posada‘ del Museo Nacional de la Estampa, la curadora Caroline Montenat señaló que persisten confusiones entre obras de Posada y Manilla.
De los impresos baratos a los museos del mundo
La ironía es que aquellas imágenes creadas para publicaciones populares terminaron convirtiéndose en objetos de estudio, colección y exhibición internacional. Hoy los grabados de Posada están en importantes colecciones museísticas, y La Catrina ha adquirido una vida cultural que supera ampliamente el contexto original de sus representaciones. Manilla ha recibido menos atención pública, pero su obra también ha sido objeto de investigaciones, exposiciones y esfuerzos de recuperación.
Una estampa popular, un volante o una publicación efímera pueden conservar información decisiva sobre los artistas, los editores y los gustos de una época. En el mercado del arte, identificar correctamente una obra y comprender su procedencia son tareas esenciales. Precisamente por eso, la investigación de la gráfica mexicana del siglo XIX resulta tan apasionante: cada pieza puede ayudar a reconstruir una historia que todavía tiene capítulos pendientes.
Manuel Manilla merece salir de las sombras
Hay algo profundamente injusto en recordar una tradición por un solo nombre cuando su desarrollo fue obra de varias personas. Ciertamente, Posada merece el reconocimiento que ha recibido. Su talento, su capacidad narrativa y su influencia en la cultura visual mexicana son indiscutibles. Pero Manilla merece algo más que una nota al pie de página.
Fue un grabador que trabajó para el público de su tiempo, que contribuyó a desarrollar un lenguaje visual en el que la muerte podía burlarse de los vivos y que antecedió a Posada en el taller donde las calaveras adquirieron una presencia extraordinaria. Si Posada fue el artista que llevó esas imágenes a una fama duradera, Manilla fue uno de los creadores que prepararon el terreno para que eso sucediera.
José Guadalupe Posada tiene su lugar en la historia. Ha llegado el momento de devolverle a Manuel Manilla el suyo.